STEVEN SPIELBERG, ESE JOVEN CURIOSO

De sobra es conocida la dilatada obra de este AUTOR, aunque muchos se empeñen todavía en relativizar su talento. Películas como E.T., Jaws, Schindler’s list, Jurassic Park, Save Private Ryan ciertamente no están al alcance de cualquier director.              Nacido en Cincinnati (Ohio) un 18 de diciembre de 1946, con tan sólo 12 años ya grababa todo lo que podía con su Kodak 8 mm. -En realidad la cámara se la regalaron a su padre Arnold, pero lo suyo era la ingeniería informática…-.

Avancemos en el tiempo: con 16 años recién cumplidos y con varios cortometrajes ya en su haber, realiza su primer largometraje: Firelight, una producción estudiantil y sin estreno comercial que trata sobre extraterrestres que visitaban La Tierra. Lo escribió, dirigió, montó y sonorizó él solito durante casi todos los fines de semana a lo largo de un año entero.                                                                                                                                         Sin duda ya apuntaba maneras, aunque Hollywood le seguía quedando muy, muy lejos…

Dos años más tarde, mientras disfrutaba de sus vacaciones familiares en Canoga Park (Los Angeles), decidió subirse al bus turístico que realizaba el tour de los Estudios Universales. A mitad de camino el conductor realizó la parada de rigor para que todo el mundo pudiera aliviar sus necesidades fisiológicas, momento en que Steven aprovechó para encerrarse en el baño… ¡durante media hora! Al salir, obviamente el bus había continuado su marcha y el joven se vio liberado para recorrer el recinto a sus anchas: paseó por varios sets de rodaje, de montaje, cafeterías…  y lo que vio le dejó fascinado.     Acabada la jornada, debía regresar a Canoga Park. ¿Pero cómo?                                               Le contó su experiencia a Chuck Silvers, responsable de la biblioteca y éste, maravillado por el ingenio del joven, le concedió un pase de 3 días para que así pudiera disfrutar de la visita con mayor tranquilidad. Y vaya si lo aprovechó… A la mañana siguiente, y vestido con sus mejores galas -por aquél entonces la gente todavía acudía a los Estudios en traje y corbata-, se presentó pase en mano ante el responsable de acceso a los Universal (un tal Scottie), dispuesto a absorberlo todo.                                                                El hecho de que el salvoconducto caducara al tercer día no fue impedimento para el joven Spielberg: el cuarto día se presentó de nuevo ante la garita de Scottie, blandiéndolo sin pestañear y como de pasada, saludando con convicción: “Good morning, Scottie!”, “Good morning, Steven!” Y el quinto día igual. Y el sexto. Y así todo el verano… ¡y el siguiente!                                                                                                                                             No se puede negar que el chaval ya tenía desparpajo y tesón (por no decir cara dura). La gente simplemente asumía que desempeñaba algún tipo de trabajo, aunque nadie sabía cuál.                                                                                                                                          Spielberg: “todo aquello me fascinaba, pero por aquél entonces no tenía ni idea de lo que podía hacer en el mundo del cine. Es decir, todos eran veteranos y habían trabajado en películas que yo admiraba, las de la época dorada de los estudios de Hollywood. ¿Qué iba a hacer yo allí? Sólo sabía que quería trabajar en el cine”.                                                        A medida que avanzaban los días se iba haciendo más conocido y en una ocasión el editor en jefe Richard Belding le dio su primer encargo: “¿Quieres hacer algo de utilidad? vete a la estancia 205 y tráeme una Moviola” (1). Así lo hizo, lo cual enfadó al hombre que la estaba utilizando en ese momento. Ese hombre era un tal Marlon Brando, que por aquél entonces todavía mantenía contrato con la Universal, y que por h o por b se encontraba justo en aquel instante trabajando en una grabación propia. Sus caminos jamás se cruzarían de nuevo, a excepción de una llamada telefónica que mantuvieron muchos años después…                                                                                                                         Otro día se coló en el set de “Torn curtain” (1966) durante casi una hora. A parte del director del film, Alfred Hitchock, también estaban los protagonistas: Paul Newman y Julie Andrews. Finalmente fue descubierto y le echaron del plató.                                             Obtuvo cierto reconocimiento entre los departamentos de edición y sonido (los que más frecuentaba) por su curiosidad y perseverancia, y es muy probable que parte de su maravilloso oficio lo adquiriera observando aquellos grandes profesionales del Hollywood dorado. Sea como fuere, lo que es seguro es que para Steven Spielberg debieron ser dos veranos ciertamente apasionantes y divertidos. A mí me divierte con sólo imaginarlo.

(1) máquina usada para reproducción de imagen y sonido, y que sirve para comprobar y rectificar el sincronismo de las operaciones de montaje